El Nacimiento de una romana… o un romano.

Desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde que el Ser Humano se mueve por el mundo ha habido nacimientos y las mujeres se han ayudado a que ese doloroso trance sea más llevadero y termine en final feliz. Surgen así las matronas, mujeres que ya han sido madres, que ayudan a las jóvenes parteras a traer al mundo a su prole. En Roma las matronas eran muy cotizadas y generalmente eran esclavas que tenían conocimientos en la materia, o mujeres libres que se dedicaban profesionalmente a esto. En ocasiones, como no todas las familias podían pagar estos servicios, las mujeres de la familia se ayudaban entre si en los partos. Gracias a algunos tratados y escritos de autores romanos nos han llegado ciertos consejos y explicaciones sobre el embarazo y el parto que nos ayudan a entender qué entendían los romanos sobre el nacimiento.

Las matronas también trataban las complicaciones derivadas del embarazo y del parto, haciéndose acompañar por unas ayudantes (posiblemente estas ayudantes, en su momento, pasarían a ser matronas) o, en ocasiones, por médicos. Sabemos que llevaban consigo una silla, cuyo asiento tenía una abertura en forma de media luna, donde se sentaba la parturienta, desnuda. A sus pies se situaba, en un banco de pequeño tamaño, la matrona, que acompañaba al bebé a su salida al mundo, a través de la abertura de la silla. La silla de partos tenía reposamanos donde la mujer en parto se agarraba para aguantar los dolores. No parece que la silla tuviese respaldo, y sería una de las ayudantes de la matrona la que sujetaba a la parturienta.

La matrona recogía al bebé, lo limpiaba, cortaba el cordón umbilical y espolvoreaba el cuerpo con una mezcla de sal y natrón. Luego lo enjabonaba, le espolvoreaba otra vez la mezcla, y volvía a enjabonar. La mezcla secaba los residuos del parto, facilitando su eliminación con el lavado. Posteriormente se limpiaban los orificios (boca, nariz, oídos y ano) y se comprobaba si el recién nacido estaba sano, y no presentaba malformaciones graves. En las ocasiones en las que presentase deformidades graves, se aconsejaba abandonarlo en el campo, pues era un mal presagio.

Sobre los medios para garantizar el embarazo o tener un bebé sano y fuerte, los antiguos romanos escribieron todo tipo de brebajes mágicos. Por ejemplo, se aconsejaba que la mujer estéril se comiese el ojo de una hiena con regaliz y eneldo, lo cual garantizaba la fecundación el plazo de tres días. O que para limitar los dolores en el parto se recomienda comer excremento de oca mezcladas con agua o las secreciones la matriz que una comadreja expulsa por la vulva. No quiero pensar cómo se llegó a esas conclusiones ni el número de mujeres sometidas a pruebas.

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