Oratoria y Retórica: una lección de actualidad

Os presentamos una colaboración de toda una eminencia en temas latinos; Macario Valpuesta, doctor en Filología Clásica y en Derecho, es profesor de latín y da clases de Derecho Romano en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Un honor para La RomaPedia.
 

Relieve que representa a un maestro con sus discípulos.

Hoy en día consideramos que una persona es culta cuando lee o escribe muchos libros, porque la base de la cultura en la actualidad es fundamentalmente escrita. Pero en la Antigüedad clásica, la cultura era básicamente oral, de modo que el prototipo de una persona preparada era aquella que sabía hablar en público y era capaz de exponer habilidosamente sus argumentos para obtener el convencimiento de su público. Esa es la razón por la que la Oratoria -el arte de convencer por medio de la palabra- era una actividad de primer orden para los romanos. Tres eran los ámbitos en los que la Oratoria tenía especial protagonismo:

1º) La actividad política. Un ciudadano romano tenía muchas ocasiones para exponer sus puntos de vista en las asambleas políticas de la República o en consejos como el Senado. El subgénero oratorio propio de este ámbito era el “deliberativo” y en él se exponían razones de conveniencia u oportunidad para tomar resoluciones públicas en un sentido o en otro.

2º) El mundo del Derecho. El excepcional desarrollo del Derecho romano exigía la presencia de abogados capaces de convencer con su elocuencia a los jueces de la culpabilidad de su contrincante o de la inocencia de su cliente. Tal era el campo propio de la Oratoria “judicial”.

3º) El mundo de la enseñanza y, en general, de la cultura superior. Los maestros dedicados a enseñar usaban, en general, un método estrictamente oral, en el que sus discípulos debían componer discursos adecuados a circunstancias reales o supuestas de determinados momentos del pasado. En dichos discursos, los alumnos debían exponer con erudición y habilidad las razones que llevaban a determinados personajes a obrar de una determinada manera. Este tipo de Oratoria era la llamada “demostrativa” o “epidíctica”.

Por su parte, el término “Retórica” en principio sería sinónimo de “Oratoria”, aunque como es de procedencia griega, se reserva para designar la influencia helénica en el ámbito de la elocuencia, que tuvo lugar entre los siglos II y I a.C.

Estatua del rétor y pedagogo hispanorromano Quintiliano.

La Retórica griega se había desarrollado igualmente en los mismos ámbitos que la latina, aunque tuvo además un cultivo especial en una actividad específicamente griega como es el de la Filosofía. Los maestros de Retórica, en efecto, pretendían que sus alumnos aprendieran a razonar de forma dialéctica, para poder convencer a su interlocutor mediante un uso habilidoso del lenguaje.

Pues bien, hay que recordar que los “rétores” griegos fueron expulsados de Roma por dos veces en aquellos siglos. La desconfianza romana derivaba del hecho de que los griegos fueron considerados maestros en el arte de utilizar el lenguaje de forma capciosa, sin que sus habilidosos argumentos tuvieran nada que ver con la existencia de una verdad objetiva. Esa es la razón por la que el término “Retórica” tiene en nuestros días una cierta connotación negativa, utilizándose para designar ciertos juegos de palabras artificiosos, inútiles o sofísticos.

En la Roma de finales del siglo I d.C., ya había poco espacio para la Oratoria deliberativa, puesto que la política estaba en manos de un Príncipe cada vez más autoritario. Pero en el resto de los ámbitos, la Oratoria romana siguió su curso, destacando la figura de Quintiliano, famoso por su definición de que el orador es un vir bonus, dicendi peritus, un “hombre de bien, experto en hablar”. La sorprendente vinculación de la Oratoria con la Ética se refiere a la pretensión de que el Orador sea “veraz” (aunque pueda estar equivocado) y no sea un mero embaucador, un picapleitos, un demagogo, un trilero o un estafador. En efecto, ¿acaso nos parece positivo un abogado que acusa o defiende sin que le importe la justicia objetiva? ¿Nos damos cuenta del peligro que representa un político que convence a sus votantes de cosas en las que no cree? No estaban tan locos aquellos romanos.

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